
Texto: Isidora Cousiño
Petunia había insistido por esas entradas a la ópera. Iban los Irarrázaval y los Donoso; no podía quedar excluida de tamaño evento. Vestido nuevo, peinado de peluquería y las joyas heredadas de su madre. Pero bastaron diez minutos para que su vista se tornara borrosa y unas tímidas lágrimas asomaran a sus ojos, para luego lanzarse precipitadamente por sus mejillas. “Gorda, tranquila, así es la tragedia”, le decía su marido al oído, mientras ella intentaba esconder su boca entre sus manos. Después de un rato no pudo evitarlo. Un tremendo bostezo, con sonido incluido, llenó sus oídos y los de sus vecinos. Pensar que podrían haber sido varios pequeños… pero bueno, por lo menos tendría tema para el domingo.